Pacientes irresponsables o inconscientes

¿Pacientes irresponsables o inconscientes?

¿Qué es peor que tener pacientes irresponsables? Les das tu tiempo, tus conocimientos, tu experiencia, tu vocación y resulta que dejan de asistir al tratamiento, o simplemente no acuden ni a la primera sesión.

Pues algo peor que eso es saber que pudiste mejorar la calidad de vida de aquella persona y ver cómo ella no se da cuenta de su problema, o que ella no está suficientemente madura para asumirlo y afrontarlo.

La labor del psicólogo es triste en esos aspectos, el saber que puedes sacar a alguien de un hoyo, y que esta persona no tome, o que suelte la cuerda que le entregas para sacarla de ahí.

Es habitual que uno como profesional, a medida que pasa el tiempo vaya generando un escudo, una protección personal para no sentirte responsable de esa persona que no se toma sus problemas en serio. No puedes hacerte cargo de los sufrimientos ajenos.

Dice un dicho: “la fruta cae cuando está madura”, y así pues es como se debe tomar esta situación. La persona no está suficientemente consciente, no se ha logrado dar cuenta y uno no puede hacer nada por acelerar su madurez que, inclusive, podría no conseguirla nunca.

Algunos se sienten superiores a los profesionales expertos y se creen con la verdad absoluta, incapaces de asumir que dañan a sus cercanos y a sí mismos. Otros temen que les confirmen lo que saben o lo que sospechan, optando por permanecer (in)cómodamente como están. Hay aquellos que esgrimen la trillada frase “los psicólogos están locos” para evitar el momento de hacerse cargo de sus trabas internas. Y hay más, mucho más.

Pacientes irresponsables o inconscientes

En fin, estamos en una Era caracterizada por el egoísmo, la egolatría, la apatía, la competitividad insana, la carencia de un sentido de colaboración mutua, la agresividad desmedida y las enfermedades mentales en masa.

La gente en general está mal. Está enferma. Y en países como el mío (Chile), que no son ni tercermundistas ni tampoco desarrollados, la prevalencia de estas enfermedades es gravísima, por ejemplo, tenemos el tercer lugar mundial de más enfermos mentales, el primero en Latinoamérica en obesidad infantil y adulta, el primero en alcoholismo adolescente y consumo de marihuana.

Somos criticados por los organismos internacionales por la falta de programas efectivos en Salud Mental… y las cifras aumentan año a año mientras la población no es capaz de tomar consciencia, como si fuesen totalmente ciegos y sordos a los hechos observables día a día, por todos lados.

Curiosamente, al ser un país caracterizado por los cataclismos naturales (terremotos, erupciones volcánicas, maremotos, inundaciones masivas) uno esperaría que fuésemos una sociedad bastante más resistente en lo que la mente se refiere, pero no es así.

La mente es frágil

Demasiado frágil. De hecho, con apoyo de Japón (el país, junto a Chile, con más terremotos del planeta) se creó en 2017 un “Modelo Chileno de Salud Mental en la Gestión del Riesgo de Emergencias y Desastres” orientado a solventar las necesidades de Salud Mental para situaciones graves, pero, pese a ser una iniciativa muy positiva, si en realidad la Salud Mental general es mala, cualquier proyecto paliativo no dará abasto de manera satisfactoria. Es como poner un parche para heridas sobre la piel mojada: no se adhiere.

Te pongo un simple ejemplo: si hay una persona con un trastorno cualquiera, de aquellos que impiden controlar los impulsos, es esperable que en el momento de la crisis se desborde y que pueda comenzar un episodio o cuadro psicótico (o casi psicótico) ¿cuántos recursos serán necesarios para lograr, primero que todo: encontrar a esa persona; segundo: estabilizarla? ¿Y obviamente, todo antes que se haga daño, que haga daño a terceros, o que genere una psicopatología peor?

A lo anterior sumemos que aproximadamente el 70% a 80% de la población tiene algún problema mental, y que parte de los mismos profesionales forman parte de esa población… Pues, para mi opinión, resulta demasiado obvio que todo programa de intervención en crisis debe estar montado sobre un programa general de salud mental para todos, lo cual no existe.

¿Qué podemos esperar de todo esto? Pues conociendo a mi país, solo puedo pensar, si asumo una postura realista y acorde a la Historia, que será necesaria la presión de organismos internacionales importantes como lo es la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico), la ONU (Organización de las Naciones Unidas) y similares, o que el costo del Estado de “curar” a los enfermos mentales (y de arreglar los problemas asociados que provocan, incluyendo los sociales) sea mucho mayor que el costo de invertir en la prevención en Salud Mental a nivel país.

Nos toca, por ahora, seguir observando cómo la sociedad enferma más, hasta que algún tipo de colapso social o presión externa empuje a los ilustres políticos y poderosos a considerar la urgencia de un plan nacional de Salud Mental dirigido a todos, orientado a la prevención y al tratamiento. De lo contrario, es imposible que la sociedad se aproxime a su cénit en el desarrollo.

 

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